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El ferrocarril del Tajuña.

La historia de la vía estrecha en Madrid

Cuando en el invierno de 1997 dejaron de circular los últimos convoyes del cementero Ferrocarril del Tajuña casi concluyó en la Comunidad de Madrid la historia de sus ferrocarriles de vía estrecha, que se había iniciado 116 años atrás.
De aquella pequeña red, que en conjunto en sus mejores tiempos llegó a tener más de 300 kilómetros de vías, hoy apenas queda más que su recuerdo, a veces trocado en modernos ferrocarriles de cercanías o metropolitanos u, otras veces, en vías verdes. Es la historia de los ferrocarriles que iban, desde Madrid a Almorox, a Colmenar de Oreja y Alocén, a Colmenar Viejo y Brunete y, ya sin origen en Madrid, desde Villalba a El Berrocal y desde Torrejón de Ardoz a Ciempozuelos. Tan solo el más joven de todos ellos, el que sube desde Cercedilla a los puertos de Navacerrada y Cotos, aún sigue en servicio.

El ferrocarril del Tajuña

Era el más veterano y fue el más grande de todos aquellos ferrocarriles. Sus primeros carriles, bajo la forma de tren minero, se tendieron en 1881 entre Madrid y unas canteras situadas en la zona de Vallecas. Del primitivo proyecto se pasó, en 1886, al más ambicioso de un ferrocarril de servicio universal entre la estación del Niño Jesús, situada junto a las tapias del Retiro madrileño, hasta la localidad de Arganda. Tendido en vía métrica, sus 28 kilómetros de vías, a pesar de las expectativas puestas en ellas por sus accionistas, resultaron un estrepitoso fracaso de gestión. Tal fue así que el Estado asumió la explotación provisional de esta línea al poco de empezar a rodar los trenes, en 1893. Un Consejo de Incautación gestionó la línea (por entonces aún no había un ente público gestor de ferrocarriles) hasta 1901, cuando el capital belga, invertido en la nueva empresa “Ferrocarril del Tajuña”, recuperó la concesión enlazándola con otras concesiones propias que ya estaba construyendo más hacia el sureste, en la zona del valle del Tajuña. Los planes de esta nueva empresa eran asaz ambiciosos: un larguísimo ferrocarril de vía estrecha que debía llegar a tierras turolenses, para enlazar con la línea de vía ancha del Ferrocarril Central de Aragón (Valencia-Teruel-Calatayud).
Mucho empeño para una línea que tenía que salvar una tortuosa orografía y unas tierras semidesérticas que, en su camino a Aragón, poco tráfico podrían aportar. Las vías progresaban mientras los capitales mermaban. Por todo ello, el empeño belga no pudo tender carriles más allá de la solitaria aldea alcarreña de Alocén, distante 143 kilómetros del Retiro madrileño, a pesar de que ya había obras lanzadas en la zona de Cifuentes.
Además de esta gran línea, había un ramal de 17 kilómetros que subía desde la estación de Tajuña hasta las localidades de Chinchón y Colmenar de Oreja. Exhaustas las arcas belgas, las obras de expansión se acaban en 1921 y, sin descartar las posibilidades de ampliación, los números rojos salpican los estadillos de los balances anuales sin compasión.
En 1953 se produjo la suspensión del tráfico de viajeros y la especialización del ferrocarril en el transporte de mercancías. En los primeros años fue la remolacha de la vega del Tajuña su principal transporte pero, poco a poco, los materiales de construcción demandados por la empresa Portland Valderribas fueron copando los convoyes del Tajuña hasta conseguir la total exclusividad de los tráficos. Tal fue así que en 1964 esta empresa adquirió la concesión y asumió la explotación del ferrocarril en el tramo de 34 kilómetros entre su factoría de Vicálvaro y sus canteras de El Alto, cerca de Morata de Tajuña. El resto de los tramos fue cerrándose (el primer tramo en cerrarse, Alocén-Auñón, fue ya en 1943) y, con una gran mejora en vías y material móvil, el ferrocarril prestó un excelente servicio a esta empresa hasta el año 1997.

Fuente: Via Libre.

Enlaces de interes:

El Ferrocarril del Tajuña y la llegada del tren a Chinchon  I II

Vapor Madrid.

 

 

 

 

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