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Daybreak Express

Antes de convertirse en retratista de leyendas y en uno de los padres del Cine Directo, Pennebaker dedicó su primera película al metro de Nueva York y a la música de Duke Ellington, en concreto, a ese “train ride” sonoro que da título a esta maravilla de poco más de 5 minutos.


Del anaranjado amanecer de la ciudad al crepúsculo multicolor de la película, Daybreak Express emerge como una caleidoscópica lección sobre las posibilidades de la composición y el montaje. Se trata de un poema audiovisual alimentado por resoplidos de mitología urbana, un carrusel alucinógeno que bascula entre el trance onírico y el documento sociológico (esos pasajeros solitarios, ensimismados e impecablemente “uniformados”, emblemas de una ciudad capaz de iluminar o quemar las almas de sus habitantes). Resulta casi ridículo intentar describir con palabras la belleza de esta obra maestra, su vertiginoso y orgánico camino hacia la abstracción la sitúa a la altura del Broadway Boogie Woogie, de Piet Mondrian, cuadro con el que comparte su doble inspiración: la ciudad y el jazz.
Por Manu Yáñez.

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