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LA PROXIMA ESTACION

Historia y Reconstrucción de los Ferrocarriles.

CARTA A LOS ESPECTADORES:

A comienzos de los años 90, las empresas del Estado se privatizaron con la promesa de modernizar sus servicios y brindar mejor atención: los trenes interurbanos fueron suprimidos; miles de pueblos quedaron aislados y un millón de habitantes emigró hacia las capitales. El maltrato al pasajero se hizo norma. Los robos y accidentes se multiplicaron.Con la privatización de las aerolíneas también se eliminaron rutas provinciales y los pasajeros son abandonados en los aeropuertos. Jamás se vivió en el país una crisis del transporte semejante. Al suprimir el 80% de los trenes, el transporte de cargas y pasajeros pasó al automotor. Las carreteras quedaron saturadas y los accidentes fueron en aumento: sólo en el 2007 la “guerra del automotor” provocó más de 8000 muertos y miles de heridos. La confusión sobre lo público y lo privado sigue vigente. Los trenes se privatizaron porque daban pérdidas, pero los servicios públicos ¿están para dar ganancias o para servir a la comunidad?¿Acaso deben dar renta las escuelas o los hospitales públicos? Si los ferrocarriles perdían 1 millón de dólares por día, hoy cuestan 3 millones diarios pero sólo funciona el 20% de los trenes que teníamos antes.

La construcción de los ferrocarriles fue una de las grandes epopeyas industriales del país. En 1857 comenzó a circular el Ferrocarril del Oeste – una empresa de capitales argentinos- y años después, llegarían las compañías inglesas y francesas. Casi un siglo más tarde, el gobierno de Perón nacionaliza todos los ferrocarriles y la red alcanza los 50.000 km.; nacen las escuelas ferroviarias; se fabrican locomotoras diesel y a vapor y todo tipo de vagones; el tramo Buenos Aires-Rosario se cubría en 3,30 hs. Con el gobierno de Arturo Frondizi comienza la reducción del ferrocarril. Su ministro A.Alsogaray  pone en ejecución el Plan Larkin, del Banco Mundial: se eliminan tranvías y trolebuses y desembarcan las multinacionales de camiones y neumáticos. El tiro de gracia lo dio el gobierno de Carlos Menem: los trenes fueron privatizados o transferidos a las provincias. Desde entonces y hasta Kirchner, siguen los mismos concesionarios: Cirigliano, Romero, Roggio, Urquía, Macri, Techint, Unión Ferroviaria y las brasileras Camargo Correa y A.L.L. El gobierno paga hasta el último salario ferroviario, y todas las roturas y reposiciones de material. Por cuenta del Estado, los concesionarios reparan vagones, locomotoras y estaciones: lo que vale 1 peso es facturado varias veces más. El negocio es cobrar el subsidio estatal.

El ferrocarril no tiene reemplazo:” es el único transporte que puede llegar a destino en las peores condiciones climáticas”. Es el medio de transporte más seguro, menos contaminante y más económico. Es 8 a 10 veces más barato que el transporte automotor: una locomotora arrastra la carga de 50 camiones o de 20 ómnibus de pasajeros. Para financiar el “tren bala” – que sólo servirá a las capas pudientes de Buenos Aires, Rosario y Córdoba y no transfiere tecnología- el gobierno endeuda al país por 30 años. Con la mitad de lo que costará la obra, se pueden reconstruir a nuevo los ferrocarriles interurbanos de las provincias del país, con 7.000 km. de vías para trenes de pasajeros, 11.000 km. para los cargueros y 310 locomotoras nuevas. La reconstrucción de los ferrocarriles y su industria, es una urgencia económica y una batalla cultural. Después de tanto fracaso, hay que avanzar hacia un modelo de gestión que incluya a los pasajeros, los trabajadores y los transportistas de cargas para construir el “tren para todos”: un tren público, cuidado por todos y al servicio de todos.

Los trenes volverán, como vuelven los días, los meses, las estaciones…
Los trenes volverán, para seguir uniendo pueblos, regiones y ciudades…
Los trenes volverán, como van y vuelven, los pasajeros, las cargas y mensajes… Los trenes volverán, simplemente, por el placer de viajar: como el agua, la luz o el amor,  no es posible vivir sin ellos.

Fernando Pino Solanas.

 

 

Las ruinas de una joya argentina.

La tragedia de Once ha vuelto a poner sobre la mesa un grave problema que sufren a diario los porteños y los habitantes del conurbano bonaerense que se tienen que trasladar a la capital argentina: el lamentable y peligroso estado de la red de trenes que viajan a la capital.

Una de las peculiaridades de Buenos Aires es que además de varias líneas de metro (denominado subte en Argentina) dispone de una red de ferrocarriles que, en su mayoría sobre superficie, llega hasta el mismo corazón de la ciudad. Esto provoca prácticamente a diario –aparte de las dificultades en el tránsito de automóviles por la existencia de infinidad de pasos a nivel en grandes avenidas–, situaciones peligrosas para peatones y vehículos.

A todo ello se suma un lamentable estado de mantenimiento y medidas de seguridad que convierten el trayecto en algunas líneas en un verdadero infierno para los pasajeros, que viajan hacinados y en circunstancias que desafían el mínimo sentido de la prudencia. En el tren accidentado ayer, como es habitual, muchos pasajeros viajaban entre los vagones por falta de espacio y, como además es verano austral, las puertas de los vagones estaban abiertas mientras el tren marchaba. No es la primera vez en que los pasajeros sufren mareos por el calor asfixiante. Si hubiera sido en pleno invierno las condiciones hubieran sido parecidas con los usuarios ateridos por el frío. La guinda del pastel es la delincuencia en trenes y andenes, a la que le son indiferentes las estaciones.

Es algo que sucede desde hace años, pero no siempre fue así. Argentina tuvo la mejor red ferroviaria de Sudamérica y una de las más extensas del mundo. Las privatizaciones sin control del presidente peronista Carlos Menem (1989-1999) sirvieron para desmantelar literalmente una de las joyas del desarrollo argentino. No sólo dejaron de funcionar los trenes condenando a la muerte a muchas localidades que quedaron reducidas a sólo un nombre en el mapa, sino que miles de kilómetros de vía férrea fueron arrancados porque resultaba más rentable vender el metal. Los trenes que servían para que cientos de miles de personas acudieran a la capital se deterioraron más allá de todo lo razonable. Luego sobrevino la debacle económica de 2001. Para aumentar el escarnio, las compañías propietarias de los ferrocarriles obtenían jugosos subsidios del Estado que en teoría debían servir para mejorar el servicio.

De tanto en tanto, la ira de los pasajeros ha estallado con bloqueos de vías y hasta el incendio de taquillas y estaciones. Pero eso no ha frenado un rosario de incidentes, entre ellos, autobuses arrollados, viajeros aplastados o viandantes electrocutados. Basta con buscar en Youtube para observar algunos ejemplos.

El fallecido Néstor Kirchner enarboló en su campaña presidencial el asunto de la nacionalización de los trenes, como ya hiciera Juan Domingo Perón en 1947. Lo proponía como garantía de que los trenes volverían a funcionar con un mínimo de dignidad pero dejó en 2008 esa asignatura pendiente a su mujer. Los pasajeros ya están en un punto en que no les interesa tanto la propiedad como que el viaje diario al trabajo no se convierta en una trampa mortal.

Jorge Marirrodriga. Madrid. ElPais.

 

 

 

Acerca de angelfdezcorral

MIS AFICIONES...LO HABEIS ADIVINADO, EL CINE Y LOS TRENES!!

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